Yo me quedo en casa

60 años del líder afroperuano José Carlos Luciano

Publicado: 2016-03-08

Hoy día se celebran y conmemoran varias fechas importantes. El Día de la Mujer, en primer lugar, y el importante significado que le da tanta gente como un día de lucha por la igualdad. Otros recuerdan a Chabuca Granda, fallecida en Miami el 8 de marzo de 1983. Personajes de espacios tan distintos como el ídolo del fútbol Teófilo Cubillas y el líder de izquierda Manuel Dammert cumplen años hoy (nacidos el mismo año). En este espacio queremos celebrar y recordar muy especialmente a un personaje fundamental del movimiento afroperuano que hoy cumpliría 60 años: José Carlos Luciano Huapaya. Su temprana partida, en abril de 2002, truncó una ya extensa e importante trayectoria que es un referente de consecuencia y honestidad intelectual. Compartimos en esta ocasión la semblanza que hizo de Luciano el historiador Newton Mori Julca, que nos da mayores luces en torno a la figura del líder e intelectual afroperuano.

José Pepe Luciano

En el prólogo a la compilación de los escritos de Pepe Luciano, Los afroperuanos. Trayectoria y destino del pueblo negro en el Perú, Humberto Rodríguez Pastor manifiesta que «a Luciano no hay que leerlo, se le tiene que estudiar», y que representa para la cultura y la política afroperuana lo que Mariátegui representa para la política de raigambre indígena. ¿Cuál es la trascendencia e importancia de Pepe Luciano? ¿Qué nos tiene que decir sobre la trayectoria del pueblo negro en nuestro país? ¿Cuál es su legado? 

Para quienes conocimos y queremos a Pepe estas preguntas estarían de más. Pero, transcurridos doce años de su partida, se hacen necesarias para aquilatar los textos que nos quedan de él y por ello la urgente necesidad de que su pensamiento y acción puedan alimentar el incipiente proceso político del pueblo afrodescendiente en la actualidad.

Nacido el 8 de marzo de 1956, en el hogar de una humilde familia procedente de dos tradiciones culturales afrodescendientes —su padre, don Julio Luciano Gallardo era natural de El Carmen (Chincha), y su madre, doña Josefa Delia Huapaya Asín, era de Mala (Lima)—, su identidad y acción política como negro no se manifestaría sino hasta cuando cursa estudios universitarios. Como sucede en muchos hogares, tanto indígenas como afrodescendientes, no se adquiere plena consciencia de la pertenencia cultural sino hasta cuando nos enfrentamos al escenario de la confrontación de ideas y planteamientos sobre nuestro lugar y situación dentro de la sociedad.

Esto no quiere decir que en el transcurso de su infancia y adolescencia no se haya enfrentado al racismo, más aun siendo un alumno sobresaliente, contraviniendo el estereotipo imperante en nuestra sociedad que condena a los afro a las labores manuales y él lo recordaba así en sus talleres, cuando manifestaba que aprendió a ganarse sus propinas conociendo fórmulas y datos de todo tipo y que quería ser un profesional, superar las limitaciones económicas y punto.

Tanto su padre como su madre no culminaron la primaria. Su madre se desempañaba como ama de casa y su padre como chofer particular, y es aquí que Pepe recordaba que él durante mucho tiempo pensó que su nombre —José Carlos— se debía en honor a José Carlos Mariátegui, pero grande fue su disgusto cuando se enteró que ese era el nombre del jefe de su padre. Esta anécdota le servía a él para explicar la continuidad de las relaciones sociales de subordinación en el ejercicio del poder: si antes era esclavo-patrón, en donde al esclavo se le imponía el nombre o el apellido del patrón para indicar pertenencia, ahora era la relación jefe-empleado, en el sentido de «homenaje», con lo cual él explicaba las relaciones mentales que impedían que fuéramos una sociedad democrática, una sociedad de derechos, lo que se ha dado en denominar la herencia colonial.

De anécdotas de este tipo estaban basados muchas de las charlas y talleres de Pepe, pues si algo caracterizaba el pensamiento y la reflexión de Pepe Luciano era el contraste que hacía entre su propia experiencia vital a la vista de las demás experiencias de vida de las comunidades y los libros y estudios sobre la experiencia de la diáspora.

Él «descubre» que es negro en la universidad. Esto quiere decir que se descubre como sujeto histórico, como ser social históricamente constituido, y no únicamente como ser socialmente significado, en donde la condición étnica viene dada por una serie de relaciones sociales de exclusión y discriminación. Algo de ello se encontraría implícito en sus tempranas inquietudes políticas, en donde la clase vendría a expresar los escenarios de exclusión y subordinación.

Recuerdo las conversaciones que sostuvimos hacia el año 2000, cuando nos encontrábamos en el proceso de reorganización del Movimiento Negro Francisco Congo, en la cual narraba su incursión en la izquierda peruana y su acercamiento a lo negro; todo ello en el ámbito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, durante su época de estudiante. Él era estudiante de Sociología y los marcos teóricos de vanguardia pasaban por el clasismo marxista, las identidades étnicas no formaban parte de este este discurso, no se pensaba como negro sino como parte de las clases explotadas, y según recuerda el historiador Augusto Ruiz Zevallos en una conversación que sostuvimos a propósito de un estudio que realizaba sobre la izquierda peruana, me decía que en términos étnicos había dos facciones de izquierda en San Marcos: los que estaban en torno a los blancos y los que pertenecían al grupo de los andinos —a veces denominados serranos—. Y Pepe se encontraba en el primer grupo.

Este temprano acercamiento y militancia en la izquierda, que lo llevó a desempeñar cargos de dirección nacional, lo convirtieron en un cuadro político, es decir, alguien preparado para el debate y la argumentación, a manejar escenarios y estrategias políticas, a hablar a partir de la ideología. ¿Cuánto de ello le serviría para aplicarlo a la realidad y perspectiva política de los pueblos negros? Definitivamente, este bagaje ideológico le serviría para examinar la realidad de las comunidades, pero también para analizar lo limitado de sus alcances para dar respuesta a una realidad mucho más compleja, y en donde lo étnico/racial estructura la relaciones sociales.

Como señalamos, es en la universidad de San Marcos que da el quiebre en su proceso formativo al tomar contacto con José Cheche Campos, quien le habla de la negritud. Hay que señalar que aún no tenemos un estudio sobre la década de los sesenta y setenta en donde se dieron diversas expresiones de afirmación de la identidad negra en nuestro país, que unido a la lucha internacional contra el apartheid y los derechos civiles de los afronorteamericanos configura un escenario del cual solo conocemos el nombre de grupos como los «melanodermos» o la tribu, entre otros, mas no la trayectoria y acciones de sus integrantes, sus lecturas y propuestas.

Pepe Luciano se embarcó en la propuesta de Cheche Campos de desarrollar investigaciones en las comunidades negras de nuestro país, y junto a otros jóvenes investigadores y activistas —como Andrés Mandros o Susana Matute— recorrieron la costa para elaborar el primer mapa geoétnico de las comunidades negras, levantando información básicamente oral y situacional que al día de hoy aún duermen encarpetadas y que se constituyen en una fuente valiosa, pues muchas de esas comunidades se han trasformado dramáticamente o están a punto de desaparecer en el olvido.

De esta manera, no sería hasta comenzar a laborar en el Instituto de Investigaciones Afroperuanos (INAPE), del cual era director Cheche Campos, que muchas de sus dudas e inquietudes sepultadas por la ideología y la vida académica irían encontrando su camino de la mano del conocimiento de las comunidades afrodescendientes, no solo del Perú, sino de gran parte de América, recorriendo «a la buena de Dios» los pueblos de la diáspora, adquiriendo así un experiencia y conocimiento más vasto de la problemática afrodescendiente.

Esta experiencia, que abarcaría gran parte de la década de los ochenta, concluiría con su ingreso al Instituto de Defensa Legal (IDL), en donde laboraría entre los años 1990 y 2001 en el área de Educación en Derechos Humanos, desarrollando en paralelo diversas actividades de colaboración con diferentes organizaciones negras, en especial el Movimiento Negro Francisco Congo, del cual fue uno de sus mentores iniciales.

Es en esos años de colaboración con diversas organizaciones que cimentaría su liderazgo. En primer lugar, por su capacidad de comunicación, pues era un comunicador nato, ya que debido a los severos problemas de visión que le aquejaron desde muy pequeño halló en la palabra la posibilidad de transmitir su saber. Esa es una de las razones por las cuales no contamos con mucho de su pensamiento y planteamientos.

En segundo lugar, porque Pepe Luciano poseía grandes dotes de síntesis y argumentación, lo que unido a su experiencia de vida le permitía sobre la marcha teorizar y dar una explicación con respecto al problema que se le planteara. Por ello, quienes tuvimos la suerte de escucharlo y trabajar con él en diferentes temas de capacitación y organización encontramos que sus escritos no tienen esa fuerza de lo espontaneo, del descubrimiento o de la formulación de una explicación sobre la marcha. Eso conlleva a que su legado se haga más etéreo, pues quienes lo lean tendrán una vaga idea de la fuerza de sus ideas.

Y la principal y básica razón es que el movimiento negro en nuestro país tendría que repensarse desde sus raíces, y por ello la necesidad de formar cuadros políticos, actividad a lo cual se venía dedicando cuando le sorprendió el destino el 8 de abril de 2002. Poco antes, en 2001, había podido viajar al África con motivo de la Conferencia Mundial Contra el Racismo en Durban, Sudáfrica, y ese mismo año se había integrado plenamente al Centro de Desarrollo Étnico (CEDET) para desarrollar todo un programa de formación para jóvenes afroperuanos.

La temprana muerte de Pepe Luciano truncó la organicidad del movimiento afroperuano. Nadie como él estaba tan preparado y en condiciones de ser el eje articulador de las organizaciones negras en nuestro país, pues reunía en su persona todo lo que se requería de un líder: inteligencia, carisma y visión, aunque esto último era la antípoda de su condición física, ya que muchas veces le significó una desventaja. A estas condiciones se unía su firme convicción de que el movimiento negro en nuestro país debería partir del esfuerzo colectivo de las organizaciones y líderes y no de iluminados o traficantes imbuidos en el ropaje de líderes o defensores de los derechos afrodescendientes; por ello, constituía un obstáculo para la tendencia generalizada de los procesos políticos en nuestra sociedad: el caudillismo.

Ahora, al término de la distancia, estoy convencido que para muchos supuestos líderes su desaparición significó un alivio y la vía libre para sus intereses, pues no había punto de comparación, y no porque Pepe fuera un genio o un fuera de serie entre los afroperuanos, sino porque tuvo la valentía de sobreponerse al camino que le trazara la sociedad en su condición de afrodescendiente, recorriendo precisamente la ruta que le imponía nuestra sociedad: el de negar su identidad como afrodescendiente.

El destino nos jugó una mala pasada con Pepe: no tuvimos tiempo de «parir» muchos de los sueños y proyectos que teníamos en mente. ¿Quién se imaginaria que de un momento a otro se nos marcharía? No llegó a articular una obra orgánica, pero cuando lo escuchábamos o conversábamos, la historia y problemática de los afroperuanos se articulaban en un discurso coherente, en el cual le correspondía a los afrodescendientes un papel activo y definidor.

Al igual que una repentina ráfaga de viento apaga la vela que nos alumbra el camino, la muerte de Pepe nos privó de su luz forjada en los combates cotidianos de la vida, en el ímpetu de superar los obstáculos del racismo, pues para que lo tengan claro los jóvenes líderes afroperuanos, el camino está un poco más llano para la visibilización precisamente porque hubo personajes que se encargaron de allanarlo, señalando las exclusiones e iniquidades de nuestra sociedad. Uno de ellos —y creo que quizá el más importante— fue José Carlos Pepe Luciano, a quien tuvimos el privilegio de conocer y gozar.


Escrito por

Luis Rodríguez Pastor

Caramba sí, caramba no.


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