Yo me quedo en casa

La década de Fujimori

Publicado: 2016-05-05

Estamos a exactamente un mes de la segunda vuelta y ante el peligro de que un Fujimori (los Fujimori) vuelva al poder. Tal como pasó con el nefasto (y esperamos que por fin extinto) Alan García en el 2006, corremos el riesgo de reivindicar electoralmente a uno de los regímenes más destructivos de la historia del Perú, al más corrupto de su historia. Esto sería imperdonable para nuestra generación y para lo que como país queremos ser; ya bastante enlodados nos encontramos con la herencia de Fujimori y sus combis, sus universidades de pacotilla, sus periodistas mercenarios y mucho, mucho más.

La periodista norteamericana Jo-Marie Burt le ha dedicado un extenso libro al estudio de este régimen llamado Violencia y autoritarismo en el Perú: Bajo la sombra de Sendero y la dictadura de Fujimori (2009), cuya versión en PDF puede descargarse libremente haciendo click aquí. Es imposible resumir todo lo que ocurrió durante esos diez años en breves páginas, pero Burt lo esboza en este pequeño texto llamado "La década de Fujimori", que nos recuerda las líneas generales de un gobierno y un estilo de política que no puede reivindicarse nunca más.

La década de Fujimori

Alberto Fujimori fue elegido Presidente en 1990, en un momento de profunda crisis política, económica y social en el Perú. Los dos gobiernos democráticos que le precedieron, el de Fernando Belaúnde (1980-1985) y el de Alan García (1985-1990), habían fracasado en el intento de detener el avance de Sendero Luminoso, grupo subversivo que se había lanzado a conquistar el poder del Estado en 1980. Sendero Luminoso se hizo famoso por su difundido uso de tácticas terroristas, incluyendo ataques contra civiles desarmados. Por su parte, el Estado peruano recurrió al terror para combatir a Sendero Luminoso, a través de masacres generalizadas, desapariciones forzadas y el amplio uso de la violencia sexual y la tortura. El resultado fue una espiral de violencia, temor e inseguridad.

El descontento popular con los partidos políticos “tradicionales” alimentó el apoyo hacia Fujimori, un desconocido en el ambiente político que prometía “honradez, tecnología y trabajo” en caso de ser elegido Presidente de la República. Sus ofrecimientos de un populismo económico le agenciaron el apoyo de los pobres rurales y urbanos; también le favorecía su ascendencia japonesa, que lo volvía más atractivo que su principal rival, el internacionalmente reconocido escritor —y ahora premio Nobel— Mario Vargas Llosa, ante las mayorías indígena y mestiza que componen el grueso de la población del país.

Sin embargo, pronto se harían evidentes las inclinaciones autoritarias de Fujimori. El 5 de abril de 1992, Fujimori anunció su “autogolpe”, a través del cual cerró el Congreso, suspendió la Constitución y copó el Poder Judicial, con el respaldo de las Fuerzas Armadas y otras élites en el poder. Con el apoyo de Vladimiro Montesinos, excapitán del Ejército y eminencia gris del régimen, Fujimori estableció control sobre virtualmente todas las entidades e instituciones del gobierno, desde las Fuerzas Armadas hasta el Poder Judicial. Cuando la presión internacional forzó a Fujimori a reinstaurar el Poder Judicial, este creó un nuevo Congreso unicameral que era también más fácil de controlar. Una nueva Constitución permitía a Fujimori buscar la reelección, la cual tentó con éxito en 1995. Pese al restablecimiento de las instituciones democráticas, la estructura subyacente de poder siguió siendo profundamente autoritaria. El régimen empleó el poder del Estado para socavar los movimientos de oposición a través de sistemas ilegales de espionaje, intimidación y ataques directos. También estableció un control casi total sobre los medios de comunicación. Fue solo después del colapso del régimen, con la difusión pública de cientos de videos grabados por Montesinos, en los cuales se documentaba sus corruptas negociaciones, que se reveló la extensa red de corrupción que sostenía al régimen —la misma que involucraba a miembros de poderosos círculos empresariales, altos jefes militares, dueños de las cadenas de medios de comunicación e incluso líderes de la oposición. Según el historiador Alfonso Quiroz, el régimen de Fujimori fue probablemente el más corrupto en la historia del país, sumando pérdidas calculadas entre US$ 1.500 a US$ 4.000 millones debido a la corrupción.

Muchos peruanos recuerdan a Fujimori como el Presidente que puso a Abimael Guzmán —líder máximo de Sendero Luminoso— tras las rejas. De hecho, este y otros resultados importantes fueron logrados gracias a la reorientación de la estrategia contrainsurgente del régimen hacia el acopio de inteligencia y la vigilancia. Sin embargo, también fue implementada una estrategia paralela, en la cual unidades militares clandestinas tomaron parte en asesinatos selectivos y desapariciones forzadas. La más notoria de estas unidades fue el Grupo Colina, unidad creada a mediados de 1991, cuyo propósito principal fue el de eliminar a personas sospechosas de participar en actividades subversivas. El Grupo Colina fue responsable por una serie de asesinatos entre 1991 y 1992, incluyendo la masacre de Barrios Altos; en esta, varios sujetos fuertemente armados irrumpieron en un solar ubicado en un antiguo vecindario del Centro de Lima, en noviembre de 1991, y asesinaron a 15 personas, entre las que había un niño de ocho años de edad, e hirieron gravemente a otras cuatro. El Grupo Colina también es responsable de la desaparición y asesinato de nueve estudiantes y un catedrático de la Universidad La Cantuta en julio de 1992. Cuando los esfuerzos por investigar estos crímenes empezaron a avanzar, el régimen hizo todo lo que estuvo a su alcance para encubrir las muertes y proteger a sus autores materiales, incluyendo la promulgación de dos leyes de amnistía en 1995. Otros abusos cometidos durante el régimen de Fujimori incluyeron desapariciones forzadas, ejecuciones selectivas extrajudiciales, detenciones arbitrarias masivas, y la creación de tribunales castrenses que violaban el debido proceso de los acusados.

En el año 2000, decidido a permanecer en el poder, Alberto Fujimori se lanzó a lo que líderes de la oposición consideraron una tercera campaña electoral a la Presidencia de la República. El intento del régimen de garantizar la victoria a través del fraude electoral resultó en masivas protestas callejeras, así como en la condena internacional por parte de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del gobierno de los EE.UU. Al final, Fujimori capeó las críticas domésticas e internacionales, e inició un tercer período presidencial el 28 de julio de 2000. Ello no obstante una serie de escándalos que se desencadenaron en los meses siguientes y provocaron el colapso de su gobierno.

El primer escándalo reveló que Fujimori y Montesinos estaban involucrados con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el tráfico de drogas a cambio de armamento. El segundo, involucraba la difusión pública de un video que mostraba a Montesinos pagando a Alberto Kouri, legislador de la oposición, a cambio de que este migrase al partido político de Fujimori. La cinta de video ofrecía evidencia incontrovertible de las prácticas fraudulentas del régimen, y daba una estocada al corazón de su incipiente legitimidad. Montesinos inmediatamente huyó del país. Varias semanas más tarde, Fujimori también decidió fugar, transmitiendo vía fax su carta de renuncia a la Presidencia desde su nuevo refugio en Japón. La oposición en el Congreso, infundida de nuevo vigor por esta cadena de hechos, rechazó la renuncia de Fujimori y lo destituyó de la Presidencia de la República por permanente incapacidad moral. A continuación, el Congreso nombró a Valentín Paniagua, congresista líder de la oposición, como Presidente Interino hasta que pudiesen realizarse nuevas elecciones el año siguiente.


Fuente:

Jo-Marie Burt, Violencia y autoritarismo en el Perú: Bajo la sombra de Sendero y la dictadura de Fujimori, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (IEP)/Asociación Servicios Educativos Rurales (SER)/Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF), segunda edición, 2011, pp. 402-405.


*Nota: Los pie de página y fuentes señaladas entre paréntesis han sido suprimidos a efectos de adaptar el capítulo a un texto de difusión. Pueden encontrarse en la versión en PDF junto con toda la bibliografía utilizada.


Escrito por

Luis Rodríguez Pastor

Caramba sí, caramba no.


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