Yo me quedo en casa

"Alejo Carpentier, un oso y yo", por Esteban Pavletich

Publicado: 2020-04-24

Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Alejo Carpentier (1904-1980), figura capital de la literatura cubana y latinoamericana. Vivió numerosos exilios, especialmente a Francia y Venezuela, y a partir de 1959 se comprometió con la triunfante Revolución encabezada por Fidel Castro. Desde 1949, con El reino de este mundo, comenzó a publicar algunos de los libros que enriquecerán la impresionante producción literaria latinoamericana de mediados del siglo XX, como Los pasos perdidos (1953), El Siglo de las Luces (1962), Concierto barroco (1974) o La consagración de la primavera (1978). El escritor y activista Esteban Pavletich (1906) rememora, en el siguiente texto, una experiencia común que vivieron en Cuba cuando eran jóvenes, durante el régimen de Gerardo Machado.


El año 1927, la rigurosa censura postal implantada por el gobierno de Leguía interceptó una carta mía escrita desde La Habana al obrero gráfico Manuel Zerpa, refiriéndome a algunos temas de la revolución peruana. Las autoridades políticas otorgaron a la tal carta una insólita resonancia, hasta el grado de reproducirla facsimilarmente en la revista Mundial. Los comentarios en torno a ella en el diario La Prensa —entonces de propiedad oficial— fueron copiosos y espeluznantes. Se trataba nada menos de que el comunismo se hallaba a punto de apoderarse del Perú. Era que el ministro de Gobierno se había puesto a hacer de la intrascendente misiva cabeza de un proceso que llevó a la prisión a José Carlos Mariátegui y a decenas de intelectuales, obreros y estudiantes, en razón de que la revista Amauta y el semanario Labor estaban ganando un grueso auditorio para las masas. 

Simultáneamente, Leguía realizó una representación diplomática ante el Gobierno de Cuba, por el hecho de que permitiera en ese país amigo realizar actividades subversivas a sus adversarios peruanos, que en esos momentos se reducían a dos: Luis F. Bustamante, presidente que había sido de la Federación de Estudiantes en 1925, señero líder muerto prematuramente en París, y yo, que acababa de editar la revista Atuei, a más de ejercer la secretaría de redacción de América Libre, dirigida por el gran poeta y mártir cubano Rubén Martínez Villena.

El hecho es que Machaco confrontaba también en su satrapía una oposición multitudinaria. Y poniendo en juego su cundería de político criollo aprovechó el pretexto que le ofrecía su colega peruano para desembarazarse de buen número de sus enemigos izquierdistas, realizando una redada policial entre los rangos intelectuales, obreros y estudiantiles, de los que naturalmente formábamos parte los dos peruanos.

Encerrados más de un centenar de prisioneros en un reducido recinto de la cárcel de La Habana —situada entonces en la avenida Prado N° 1—, obligados a dormir, comer y pasar las veinticuatro horas del día en el mismo espacio, tropezándonos unos con otros, al correr de los meses es evidente que empezó a ganarnos una suerte de neurosis de las trincheras. Nuestro carácter se hacía cada vez más áspero, cualquier detalle desencadenaba nuestra ira, la convivencia se tornaba imposible a medida que corrían los meses.

Esto no quiere decir, naturalmente, que escasearan los corrillos amistosos, en los que hablábamos de todo, particularmente cambiando datos de nuestra autobiografía, ya que muchos de los prisioneros nos reuníamos por primera vez.

En una de esas ocasiones, a mí me pareció gracioso contar que mi padre había sido cíngaro, que tocaba el violín a la perfección y traía un oso atado a una gruesa cadena y adiestrado en todo género de danzas. Así llegó al Perú, con lo que se ganaba la existencia haciendo que el oso, pandereta en mano, mostrara sus habilidades. Terminada la danza, pasaba la pandereta entre el público que se había reunido en torno, recolectando buena cantidad de monedas.

A esto, Carpentier, que formaba parte de la reunión y era un mozo alto y desgarbado, me interrumpió de pronto para decir que la de mi padre era una extorsión a un pobre animal extraído violentamente de su medio natural de vida. Intervinieron otros contertulios sumándose a uno u otro bando. El hecho es que la algarada terminó en un tumulto general con un ligero cambio de golpes entre el hoy gran novelista y yo.

Esta anécdota la he leído, aunque sin facilitar detalles, en una entrevista hecha al ilustre cubano en la revista del Fondo de Cultura Económica, de México. 


Fuente: Esteban Pavletich, “Alejo Carpentier, un oso y yo”, Oiga, año XI, N° 464, Lima, 3 de marzo de 1972, p. 31.


Escrito por

Luis Rodríguez Pastor

Caramba sí, caramba no.


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