Con lupa en el Congreso

Fotografía: Repositorio de la Pontificia Universidad Católica del Perú

"Basadre: El pueblo es el que hace la historia" (1980), por Alberto Flores Galindo

Publicado: 2020-06-29


Jorge Basadre es, en primer lugar, nuestro historiador de la República. A él le debemos una imagen de conjunto y una periodificación coherente del Perú en los siglos XIX y ZZ, que fue desarrollando a partir de 1938 en las sucesivas ediciones de su Historia de la República, culminada con los dieciséis volúmenes y la extensa bibliografía de la última edición (1968). ¿Cómo llegó Basadre a convertirse en el historiador de la República? ¿Por qué? ¿En qué circunstancia y con qué propósitos? Intentaremos acercarnos a la incansable y silenciosa labor de investigación desplegaba por Basadre; una labor, como veremos, más amplia y variada que la impresión dada en estas líneas introductorias.

Después de la Guerra del Pacífico, pasado el periodo de recuperación económica, se definió el poder de la oligarquía y, en alianza con ella, de los intereses imperiales —ingleses y norteamericanos— sobre nuestro país. Las bases de la oligarquía reposaban en el gran comercio, la propiedad de la tierra y las finanzas. Era una clase numéricamente reducida con estrechos lazos familiares, que intentaba realizar un monopolio del poder político y, en la medida de lo posible, también económico, bajó la apariencia de una democracia burguesa de la que contradictoriamente quedaban excluidas de facto las grandes mayorías. La debilidad de las instituciones en el Estado oligárquico, junto con el carácter todavía precapitalista de la sociedad peruana, hacían que el ejercicio de este poder se realizara principalmente por mecanismos dictatoriales e impositivos. Estos mecanismos se manifestaban cotidianamente en las relaciones entre los terratenientes y los campesinos. No era imprescindible la conformación de una ideología oligárquica. En este contexto la vida intelectual, y dentro de ella el desarrollo de las ciencias sociales, no podía ser una tarea importante como en su momento lo fue para la burguesía europea. La Historia, por ejemplo, era dejada a unos pocos investigadores de filiación oligárquica, que pudieron desarrollar sus vocaciones a costa de duros esfuerzos personales o a partir de una nada despreciable fortuna familiar. Los historiadores eran pocos y no se podía hablar de una “escuela historiográfica peruana”. Sus escritos terminaban muchas veces encerrados en una tediosa erudición y repitiendo lo hecho tiempo atrás en Europa, siendo —como dijo Riva Agüero en su momento de mayor lucidez— una especie de “eco de ecos”.

Este panorama comenzó a cambiar cuando comenzó a cambiar también la estructura de clases de la sociedad peruana e hicieron su aparición un conjunto de intelectuales —ya no individuos—, pertenecientes a una clase media en formación, la gran mayoría de origen provinciano. Forzosamente tuvieron que enfrentarse con el monopolio que los intelectuales de la generación anterior tenían en la Universidad. La oligarquía les cerró el paso y tuvieron que ser en mayor o menos medida antioligárquicos. No podían ser partidarios del centralismo y, por lo tanto, terminaron acercándose al Perú del interior, es decir, a sus lugares de procedencia. La avasallante presencia americana les exigió tempranas actitudes antimperialistas. A todo lo cual debe añadirse el impacto mundial del año 1917 y la consiguiente difusión del pensamiento de Marx.

En este contexto se inició en la vida intelectual Jorge Basadre, al lado de otros que también se interesaron, en mayor o menor medida, directa o indirectamente, en el campo de la historia, como Jorge Guillermo Leguía, Raúl Porras, Luis Alberto Sánchez, Emilio Romero, Luis Valcárcel, el propio Mariátegui. Las inquietudes señaladas anteriormente terminaron expresándose en una preocupación central: conocer el Perú, definirlo, plantear el problema nacional. “No caracteriza a la actual generación —decía Jorge Guillermo Leguía en polémica con Clemente Palma— la desorientación y la superficialidad. Antes bien, se puede ahijar la convicción y demostrar con pruebas múltiples, que no hubo entre las anteriores, una que, como la que se inicia, profesara tan unánime y fecundamente un credo de la importancia y trascendencia del credo nacionalista”. Una de esas múltiples pruebas es la obra de Basadre.

Como las sociedades, las biografías también tienen periodos. Un primer momento de la trayectoria de Basadre es el que transcurre desde 1921 hasta 1931. En esos años Basadre plantea dos grandes preocupaciones de la historiografía peruana contemporánea. En contra de la historia tradicional, llama tempranamente la atención sobre la necesidad de enfocar la historia del Perú desde la historia de sus clases populares, en un célebre discurso titulado “La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú” (1929) y, casi al mismo tiempo, invita a estudiar retrospectivamente y sociológicamente la historia peruana en el libro Perú: problema y posibilidad, donde señaló, además, que con el socialismo “debe culminar el fatigoso proceso de formación histórica del Perú”. Historia y política estaban confundidas en una obra que conscientemente quería ser útil en la tarea de construir un Perú nuevo. En este sentido, Basadre estaba próximo a las posiciones de Mariátegui: figuró entre los colaboradores de Amauta y —testimonio más elocuente— defendió la validez del marxismo, mejor dicho, a “la exactitud inconmovible de sus líneas capitales y a su prodigiosa repercusión en el mundo”. El marxismo era “un magnífico instrumento de dialéctica y de lucha que resultaría con un poder agigantado si se le completa según la época y según el país”.

Al lado del ensayo, Basadre comienza a desarrollar el trabajo propiamente erudito con la publicación del libro La iniciación de la República: libro que señala una renovación en los métodos de la historia política peruana. Sin embargo, la historia social fue diferida ante “la necesidad esencial del previo esclarecimiento de los hechos” (Porras).

Pero, al igual que la vida del Perú, la vida de Basadre sufre el impacto de la crisis del 29. Al año siguiente cae Leguía. Las masas irrumpen en la escena política. Los hombres de su generación se reparten en tres opciones: el sanchezcerrismo y la reconciliación con la oligarquía, el aprismo y el comunismo. Algunos prefieren no optar. Otros seguir un camino alejado a la vez del Apra y del comunismo, postulando un socialismo independiente. En esa empresa se encuentra Basadre; sin embargo, no prospera y, al poco tiempo, debe optar frente a una alternativa más difícil: permanecer en el Perú, ingresando inevitablemente en la lucha política inmediata, o irse al extranjero y asentar su formación profesional. Opta por lo último.

En los años que siguen entre otros países, Basadre estudiará en Alemania. Pasa también por España. Durante este segundo periodo de su biografía Jorge Basadre se ocupa de la Literatura inka (1938), el pasado colonial en El Conde de Lemos y su tiempo (1945), los aspectos jurídicos en la Historia del Derecho peruano (1947). Pero tal vez más importante sea recalcar que, como otros de su generación, pensó la historia peruana en los marcos mayores de una historia latinoamericana, escribiendo la historia paralela y contradictoria de Bolivia, Chile y Perú (1948). Esta inquietud lamentablemente se ha perdido en los historiadores que vinieron después.

La abstención política llevó a Basadre a un alejamiento de Marx. En este derrotero influyeron además el estalinismo, la crisis del movimiento comunista, la debilidad del marxismo peruano, el dogmatismo en uso. Lo cierto es que la “Promesa de la vida peruana” pasó a ocupar el lugar que antes tuvo el socialismo en su pensamiento, pero manteniendo siempre una actitud nacionalista: “ninguna de nuestras soluciones nos vendrá, pues, cocida y masticada de otros países, aunque sean hermanos, primos o prójimos”.

Basadre figura como ministro de Educación Pública en 1956-1958, cargo que había ocupado en el gobierno de Bustamante y Rivero. Nuevamente surge el problema de las opciones, porque es necesario señalar que en este segundo periodo Jorge Basadre tuvo una real preocupación por la enseñanza de la historia y la difusión de la investigación erudita. Intentó acercarse lo más posible al público lector, interesado en nuestro pasado, a través del periodismo discutiendo los métodos de “La enseñanza de la historia del Perú” (ver Mar del Sur, N° 30, 1953), editando la excelente revista Historia, publicando una colección documental en colaboración con Félix Denegri Luna y, principalmente, dirigiendo sabiamente la reconstrucción de la Biblioteca Nacional, en la década de 1940. Por todo esto, más que el reconocimiento oficial de su obra, debe contar el reconocimiento cotidiano y sencillo, como el de aquella persona que teniendo que poner un nombre a la Biblioteca Municipal del pueblo de Chupaca (Huancayo), pensaron en nuestro historiador de la República.

Hay, por último, un tercer periodo en el cual Basadre, separado completamente de las actividades políticas, alejado de la Universidad, trabajando a pesar del aislamiento, se dedica a terminar de componer su Historia de la República del Perú. En este periodo se manifiestan con mayor claridad otros dos campos de interés. Basadre comienza a reflexionar sobre su oficio, sobre el quehacer del historiador. Mostrando un manejo de la bibliografía más reciente, escribe algunos ensayos sobre ese campo tan descuidado en nuestro país que es la teoría de la Historia (ver Historia y Cultura, N° 1, 1969). El segundo campo, que viene desde su juventud, es un análisis sistemático de las fuentes, realizado de manera minuciosa y magistral en la Introducción a las bases documentales para la historia de la República (1971). Los textos mencionados se complementan en el libro La vida y la Historia (1975): autobiografía, testimonio de parte y también reflexión sobre su oficio y observaciones sobre el proceso político contemporáneo (el gobierno de Bustamante, por ejemplo).

La imagen que hemos ofrecido en las páginas precedentes es forzosamente incompleta y muy personal. Hemos terminado subrayando y rescatando los aspectos que más nos han impactado en su obra. Frente a ella los críticos han sentido la tentación del elogio desmesurado o el reproche fácil. Lo cierto es que, como dijo Pablo Macera refiriéndose a Basadre y su generación, “será necesario reescribir sus obras, combatirlas, ver las mismas cosas y otras más, con nuevos ojos. Elaborar una interpretación ideológica distinta y opuesta. Pero aún entonces estaremos construyendo encima de lo que hicieron”.


Fuente:

“Basadre: El pueblo es el que hace la historia”, El Diario de Marka, Lima, 30 de junio de 1980, p. 9. Reproducido en Obras completas V, de Alberto Flores Galindo, Lima, SUR, 1997, pp. 140-144.


Escrito por

Luis Rodríguez Pastor

Caramba sí, caramba no.


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